Álvaro Serrano salió a hombros en la primera cita de la feria de Santander, con mucho esfuerzo y no menos disposición, con la misma ganadería de Montealto sobre la que abrió la Puerta Grande de Madrid. El toreo quedó para otro día más propicio.
El salmantino Julio Norte embistió todo lo que no hicieron sus oponentes y cortó una oreja; entrega no correspondida del mexicano Garibay, el más nuevo
Álvaro Serrano salió a hombros en Santander, con mucho esfuerzo y no menos disposición, con la misma popularmente aclamada ganadería de Montealto sobre la que se erigió triunfador de San Isidro. El toreo quedó para otro día más propicio. A la tremendamente desigual novillada de Agustín Montes hubo que buscarle los resquicios dentro de su arrítmica movilidad, tan sueltas las caras como sin entrega, muy bruta. La única amabilidad de los utreros de Montes residió en las caras de los tres apretados primeros; a partir del cuarto, aquello se disparó por una escalera destartalada de hechuras. Julio Norte embistió todo lo que no hicieron sus oponentes. Conquistó una oreja y perdió otra con el acero. Ninguna «oportunidad» desperdiciada. Ni por el mexicano Ignacio Garibay, el más verderón, que no se dejó nada en el tintero salvo la espada.
Álvaro Serrano había abierto plaza muy dispuesto por faroles y verónicas de rodillas; también en pie las verónicas y los faroles (en un quite). Y un galleo por chicuelinas. Lo hacía bien el novillo -un punto bruto- y se empleó con celo en el caballo. Fue la derecha su mano. Cuando Serrano le puso la izquierda, amagó y le pegó una volvereta; ya no se volvería a poner por ese pitón. La faena fue diestra, ligada y firme, sin perder esa firmeza ni cuando la embestida perdía recorrido, embruteciéndose por momentos. Un pinchazo, una estocada, una oreja.
Este Cerillero tuvo un hermano del mismo nombre lidiado como tercero, con menos opciones, más agarrado al piso desde el principio de la faena. Muy seco el disparo después de apretar en banderillas. Ignacio Garibay entendió pronto, tras los cambiados de apertura, que había una rendija por la mano izquierda. Buen trazo el del espigado mexicano de aquilatado asiento, un sentido de la puesta en escena de sincero e ingenuo valor, tan expuesto con el bruto ya totalmente quedo. Apretó los dientes en serio arrimón, pero pinchó dos veces hasta que le cambió al toro la suerte. Y en la suerte natural enterró la estocada.
Julio Norte arreó de principio a fin con un castaño de escasa fijeza, tan mirón, ningún ritmo y obediencia a últimas. A esa obediencia había que llegar tragando lo suyo, lo que hizo Norte sin una solo duda y una capacidad impropia, una baúl de recursos técnicos. Derrochó valor a espuertas desde el prólogo de rodillas a los circulares invertidos del epílogo, cuando acabó montándose encima. No fue novillo expresamente lucido para el toreo como tal; perdía las manos además cuando le exigía por abajo. Requirió un esfuerzo sordo para resolver todas las ecuaciones. Que fueron muchas. Un espadazo le entregó la oreja.
Subía por su cara un cuarto -un que se movió mucho o se movió más pero, precisamente, con esa misma cara muy suelta. Álvaro Serrano volvió a demostrar su enorme disposición, pretendiendo incluso dibujar derechazos desmayados como si allí hubiera clase para hacerlo. La espada -su mejor aliada junto con la firmeza- puso la resolución final a su mucho querer. Y así el estoconazo le proporcionó otra oreja, también ganada con esfuerzo, y la puerta grande.
Ante el manso, feo y destartalado quinto -el de menos peso-, de marcadas querencias, quien embistió fue Julio Norte. Metido en tablas, y muy metido con el novillo, tiró de él con la izquierda, descarado, con fondo de torero largo. Pero se atascó con la espada después de vaciarse.
El último era directamente un caballo. No podía ser otra cosa que un manso, muy suelta la cara para no variar el ADN de la novillada de Montealto. Horriblemente lidiado, por cierto. Garibay, tan nuevo, sacó en limpio todo lo que pudo con una entrega no correspondida.
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