La costumbre, la vergüenza o la simple pereza acostumbran a dibujar al verdugo o bien como un perturbado o un villano perfectamente consciente de sus fechorías. O las dos cosas. Eso o, al contrario, como un sujeto pasivo, y por ello inconsciente, que simplemente se deja llevar por su instinto de sobrevivir, de adaptarse o de conformarse. El mal banal. Introducirse en sus motivaciones (humanizar, que se dice) por aquello de comprender no pocas veces conduce al callejón sin salida y culpable de la disculpa. Notre salut (A man of his time), de Emmanuel Marre, propone un juego, por llamarlo de algún modo, en el alambre. El director cuenta la vida de su bisabuelo. Lo sabremos justo al final de la película donde un cartel da cuenta de ello a modo de confesión. Se trata de la historia de un hombre que, sin excusas ni arrepentimientos, formó parte del régimen de Vichy colaboracionista con los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Hace unos días veíamos aquí mismo en Cannes la historia de un héroe de la Resistencia en Moulin, de László Nemes, pues ahora no exactamente lo contrario, pero casi.
El director francés utiliza la memoria de su propia familia para retratar como nunca antes, sin conmiseración ni escarnio, la vergüenza de un país entero. A su lado, el estadounidense Ira Sachs compone con Rami Malek una intensa radiografía de la vida cuando desaparece (****)
La costumbre, la vergüenza o la simple pereza acostumbran a dibujar al verdugo o bien como un perturbado o un villano perfectamente consciente de sus fechorías. O las dos cosas. Eso o, al contrario, como un sujeto pasivo, y por ello inconsciente, que simplemente se deja llevar por su instinto de sobrevivir, de adaptarse o de conformarse. El mal banal. Introducirse en sus motivaciones (humanizar, que se dice) por aquello de comprender no pocas veces conduce al callejón sin salida y culpable de la disculpa. Notre salut (A man of his time), de Emmanuel Marre, propone un juego, por llamarlo de algún modo, en el alambre. El director cuenta la vida de su bisabuelo. Lo sabremos justo al final de la película donde un cartel da cuenta de ello a modo de confesión. Se trata de la historia de un hombre que, sin excusas ni arrepentimientos, formó parte del régimen de Vichy colaboracionista con los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Hace unos días veíamos aquí mismo en Cannes la historia de un héroe de la Resistencia en Moulin, de László Nemes, pues ahora no exactamente lo contrario, pero casi.
La virtud de la película, lo que la hace no solo diferente sino radicalmente distinta a todo lo visto hasta ahora (y no ha sido poco) sobre la materia, es su voluntad de generar con el espectador algo muy cerca de la empatía, pero sin caer nunca ni en la compasión ni la disculpa de antes. Se trata de entender con una profundidad que asusta tanto como ilumina. Nuestro protagonista (más que brillante el actor Swann Arlaud) es un hombre que cree realmente en lo que dice y escribe. Es un hombre convencido de que sus ideas alucinadas y autopublicadas en un libro titulado como la propia película (Notre Salut, es decir, Nuestra salvación) traerán consigo el bienestar de Francia. Y, para que eso suceda, no dudará en aliarse con el mismo diablo que, en verdad y de entrada, no parece tal. Pero, lo hará, y ese el matiz que importa, no tanto por maldad desesperación o inconsciencia, que también, sino por una ignorancia autoimpuesta al negarse, por ambición o comodidad, a ver las consecuencias de cada uno de los actos supuestamente futiles.
La película sigue de cerca la correspondencia del protagonista con su mujer, a la sazón la correspondencia real de los bisabuelos del propio Emmanuel Marre. Desde ahí, el director compone un turbador, intenso, a veces divertido y casi siempre trágico puzle de sensaciones que tiene mucho de viaje al mismo infierno. El protagonista acabará en el subdepartamento del Ministerio de Trabajo dedicado a combatir el paro siempre empeñado en sacar brillo a su lema «lograr la eficiencia». Muchas de las decisiones adoptadas tienen que ver con algo tan moderno de repente como «la prioridad nacional», el desplazamiento de inmigrantes o la relocalización de judíos. Todo por el bien de Francia. La idea no es otra que retratar la maquinaria entre absurda y solo arbitraria que mantuvo engrasado el régimen del Mariscal Petain y sus más que funestas consecuencias. El dibujo que emerge es a la vez profundamente ridículo y desolador. Pero, y aquí lo más triste, muy cercano. ¿Tan diferente es a nosotros el protagonista? Duele la repuesta.
Marre se atreve a todo. Compone las imágenes y las músicas de manera tan anacrónica como disruptiva detrás en todo momento de acercar el pasado al presente, lo incomprensible a lo posible, lo extraño a lo demasiado común. Bien es cierto que en el abigarramiento y la voluntad de contarlo todo, la película se pierde por momentos en su exagerado y exhibicionista virtuosismo de la misma manera que la historia de amor-odio de la pareja lejos de ayudar al propósito original, político y más reivindicable de la película confunde. Pero, sea como sea, el resultado se parece tanto a un espejo de nuestro días que hasta irrita comprobar que ni la enseñanza de la historia ni las mil películas sobre el tema que hemos visto parecen habernos hecho mejores. Estamos donde estábamos, los iluminados de antaño se parecen a los de hogaño y el fascismo de ayer es el de hoy. Y así.
El cine de Ira Sachs sorprende en su sorprendente facilidad por no dejarse embaucar por, efectivamente, el ansia de sorpresa que todo lo envenena. Sorprende la delicadeza de un cine capaz de retratar los sentimientos más recónditos sin nunca perder el sentido del pudor. En su ideario, la realidad es ese espacio sutil y frágil con el que se enfrenta la cámara no para pelear contra él, sino a su lado. Y siempre sin interferencias, subrayados y huyendo de los lugares comunes como de la misma muerte. Todo natural, todo evidente y, sin embargo, tan íntimo, tan profundo.
The Man I Love, con un Rami Malek arrollador, es la historia de un hombre que muere y que, precisamente por ello, se abraza a la vida no tanto por lo poco que le queda, que también, como por apreciar justo en el último instante de lucidez el sentido de lo que pierde. El matiz importa. Ambientada en los años 80, el protagonista, un actor en pleno trance creativo, es víctima del sida en un Nueva York tan inquieta, fértil y viva como solo arrasada por la enfermedad. Con su compañero (Tom Sturridge) comparte una vida ordenada y plena. Con sus amantes (Luther Ford) deshace miedos, se asoma a abismos y recompone esperanzas. Con su familia (Rebecca Hall) recuerda o solo imagina pasados felices.
Sachs, uno de los directores que mejor filma la palabra, regresa al viejo tema del que ya se ocupara en Frankie (en aquella ocasión con Isabelle Huppert) para componer un bello y roto poema sobre asuntos tales como la muerte, del peso de la soledad y del vacío de los seres queridos cuando desaparecen… pero también sobre el deseo, el placer y, en efecto, la vida al borde de una exaltada agonía. Tal cual.
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