La sencillez es un arte demasiado complejo y que exige obligatoriamente pocos adverbios. Quizá ninguno. Más sencillo entonces: la sencillez es un arte complejo y sin adverbios. Se suele atribuir a Mark Twain la famosa cita «Perdón por una carta tan larga; no tuve tiempo de escribir una corta» y Stephen King recomendaba eliminar de cualquier texto toda palabra que acabara en «mente» (en inglés «ly»). Por considerarlas innecesariamente superfluas. Es decir, por superfluas sin más. Fatherland, del polaco Pawel Pawlikowski, no solo milita en esa misma creencia, la de uno y la de otro, sino que hace de ella su razón de ser y estar en el mundo (de momento, solo en Cannes). La película completa, a su modo, el camino iniciado en Ida (2013) y continuado en Cold War (2018). De nuevo y de la mano de la impecable y subyugante fotografía de Lukasz Zal (responsable entre otras de La zona de interés y Hamnet), la película viaja a las heridas de la Segunda Guerra Mundial y ahí, con cuidado, precisión y muchísimo amor, deposita la cámara. El verbo correcto, en efecto, es ése: depositar. La pantalla se convierte en el escenario transparente y congelado de una conmoción íntima tintada en blanco y negro; un arrebato callado tan brutal como amable; tan desangelado como lleno de vida.
El director polaco presenta la primera y temprana candidata a la Palma de oro, una medida, profunda y emocionantísima reflexión en blanco y negro sobre la identidad, la familia, el amor y la culpa
La sencillez es un arte demasiado complejo y que exige obligatoriamente pocos adverbios. Quizá ninguno. Más sencillo entonces: la sencillez es un arte complejo y sin adverbios. Se suele atribuir a Mark Twain la famosa cita «Perdón por una carta tan larga; no tuve tiempo de escribir una corta» y Stephen King recomendaba eliminar de cualquier texto toda palabra que acabara en «mente» (en inglés «ly»). Por considerarlas innecesariamente superfluas. Es decir, por superfluas sin más. Fatherland, del polaco Pawel Pawlikowski, no solo milita en esa misma creencia, la de uno y la de otro, sino que hace de ella su razón de ser y estar en el mundo (de momento, solo en Cannes). La película completa, a su modo, el camino iniciado en Ida (2013) y continuado en Cold War (2018). De nuevo y de la mano de la impecable y subyugante fotografía de Lukasz Zal (responsable entre otras de La zona de interés y Hamnet), la película viaja a las heridas de la Segunda Guerra Mundial y ahí, con cuidado, precisión y muchísimo amor, deposita la cámara. El verbo correcto, en efecto, es ése: depositar. La pantalla se convierte en el escenario transparente y congelado de una conmoción íntima tintada en blanco y negro; un arrebato callado tan brutal como amable; tan desangelado como lleno de vida.
Fatherland (patria) cuenta el viaje de Thomas Mann (soberbio el actor Hanns Zischler) acompañado de su hija (irrefutable Sandra Hüller) por una Alemania en ruinas. En el verano de 1949, en plena Guerra Fría, el aclamado Premio Nobel y la actriz, escritora y piloto de rally Erika recorren en un Buick negro el país que abandonaron hace 16 años. Si se quiere, se trata de la más elegante road movie jamás filmada. Desde Frankfurt, donde recogen el Premio Goethe, a Weimar, donde vuelven a recoger otro Premio Goethe, uno y otra se enfrentan a un país ocupado por algo más que el ejército estadounidense y el soviético. Cada rincón de la nación que antes fue nazi es ahora un pozo de asuntos tales como el resentimiento, la culpa, el odio, la identidad quebrada, el fantasma del suicidio del hijo-hermano Klaus (August Diehl) y la lejana posibilidad del perdón. También hay amor, pero hay que cavar profundo en un suelo negro y duro para dar con él.
Pawlikowski purifica aún más el gesto, el encuadre y hasta el aliento mismo. Lo que en Ida tenía mucho de descubrimiento y algo de exhibicionismo, ahora adquiere la consistencia casi de lo eterno. Lo que en Cold War vibraba en cada plano de una historia de amor vivida y contada con la apariencia de un mito universal, ahora, mucho más profundo, se acerca más a una oración desnuda y profana. Y de nuevo, de eso se trata, eterna.
La película, más que filmada, se diría esculpida sobre el lienzo en blanco. Cada gesto, por leve que se antoje, importa y resuena. Fatherland arranca con una conversación por teléfono entre hermanos. Klaus aparece sentado en el suelo desnudo. Con calma, declama cada una de sus afrentas y sus heridas a su hermana. Detrás, la pareja, que parece ocasional, se despereza, se vista y, finalmente, se va. Toda la escena está recorrida por un aroma de catástrofe que se confirmará más tarde cuando llegue la noticia de la muerte. En la memoria de Erika, el fantasma de su hermano cobra cuerpo allá donde mire, sea lo que sea en lo que piense. Con una sutileza pocas veces vista, la realidad desolada aparece apenas manchada por destellos oníricos que avisan, que duelen, que deslumbran.
Digamos que la película es obra de un hombre que ha hecho de su filmografía un permanente vagar. Cada una de sus películas, desde antes incluso de que sorprendiera con Last resort en 2000, ha sido realizada en una esquina de Europa. En su haber se cuentan dos cintas inglesas, una rusa, otra francesa y varios documentales a medio camino entre Serbia, Moscú y el fin del mundo. Ida fue su regreso a su país para desenterrar viejos fantasmas de una sociedad culpable. Le siguió Cold War. Y ahora culmina un viaje dedicado a hacer ver por primera vez lo tantas veces contemplado. Y para siempre.
Fatherland apenas completa los 80 minutos de metraje, pero dura una eternidad. Bella de hacer daño. Sin duda, una candidata a la Palma de Oro al segundo día. Y sin un solo adverbio. La sencillez es la más compleja de las artes.
Así las cosas, como diría aquel, Patria (Fatherland) o… Palma.
Noticias de Cultura
