<p>Hollywood nada tiene que ver con la teología y, sin embargo, a poco que uno expurgue entre los últimos ganadores de los Oscar de este año encuentra pecadores, doctores empeñados en ser dios y personajes desesperados en busca de redención (estos últimos son los que más abundan). El comentario viene a cuento de las bienaventuranzas en general y de la primera de ellas muy en particular. «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos», dice de forma algo críptica la primera de las máximas del sermón de la montaña. ¿Por qué los pobres de espíritu y no solo los pobres? El caso es que, a juzgar por los últimos movimientos políticos y económicos en el corazón de la industria cinematográfica, se diría que lo que quiso ser un acicate para la buena, sana y decente conducta ha adquirido el rango de profecía. <strong>La nueva compra de Warner por la productora en crisis creativa Paramount confirma que el más pobre de espíritu (que no de lo otro) ha acabado por heredar el mismo cielo devorando literalmente al estudio más imaginativo, inquieto y, por tanto, rico.</strong> Y eso, que la teología bienintencionada podría defender, es en verdad una muy mala noticia.</p>
El estudio, recientemente adquirido por el magnate David Ellison, suma 11 estatuillas con Una batalla tras otra, Los pecadores y Weapons en una gala apolítica y blanca que augura el previsible cambio ideológico de Hollywood
Hollywood nada tiene que ver con la teología y, sin embargo, a poco que uno expurgue entre los últimos ganadores de los Oscar de este año encuentra pecadores, doctores empeñados en ser dios y personajes desesperados en busca de redención (estos últimos son los que más abundan). El comentario viene a cuento de las bienaventuranzas en general y de la primera de ellas muy en particular. «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos», dice de forma algo críptica la primera de las máximas del sermón de la montaña. ¿Por qué los pobres de espíritu y no solo los pobres? El caso es que, a juzgar por los últimos movimientos políticos y económicos en el corazón de la industria cinematográfica, se diría que lo que quiso ser un acicate para la buena, sana y decente conducta ha adquirido el rango de profecía. La nueva compra de Warner por la productora en crisis creativa Paramount confirma que el más pobre de espíritu (que no de lo otro) ha acabado por heredar el mismo cielo devorando literalmente al estudio más imaginativo, inquieto y, por tanto, rico. Y eso, que la teología bienintencionada podría defender, es en verdad una muy mala noticia.
Warner se despide de todos nosotros de la mejor de las maneras. Sus tres películas de cabecera de 2026 han arrasado de todas las formas posibles: suyo es el prestigio y suyo el éxito. Eso que desde hace tiempo busca con tanta desesperación la Academia de Hollywood, legitimarse tanto intelectual como popularmente, lo ha logrado este año gracias a dos triunfos de recaudación como Los pecadores (Sinners), de Ryan Coogler, y Weapons, de Zach Cregger, y a la gran película del año que, además, ha servido para redimir a su director de tantos años de ostracismo. Una batalla tras otra, el proyecto siempre ambicionado de Paul Thomas Anderson, se antoja el perfecto resumen de una filmografía tan admirada y nominada como poco oscarizada. Hollywood siempre ha considerado a probablemente su más prestigioso cineasta un tipo demasiado raro y elitista para coronarle urbi et orbi ante la audiencia global. Hasta hoy. Sumando, serían seis Oscar de la comedia (eso es) de Paula Thomas Anderson protagonizada por Leonardo DiCaprio (película, director, guion adaptado, actor secundario, montaje y casting); cuatro tras el récord de 16 nominaciones de la película de vampiros con Michael B. Jordan a la cabeza (Guion original, actor principal, fotografía y banda sonora), y uno, el más emotivo de todos, para Amy Madigan por su papel en la otra película de terror del año. Inmejorable sin duda: total 11.
Y todo, insistimos, gracias a un estudio mítico que, recordémoslo, tiempo atrás fue conocido como el hogar de la clase trabajadora. Mientras la Metro, allá en los años de después de la Depresión y siguientes, se entretenía en confeccionar películas elegantes infectadas de glamour como Gran hotel (1932), el estudio de los cuatro hermanos se manchaba las manos para producir películas como Hampa dorada, Los violentos años veinte, El halcón maltés o Al rojo vivo.Nombres como Edward G. Robinson, James Cagney, Lauren Bacall, Humphrey Bogart o Raoul Walsh configuraron el imaginario de un mundo por naturaleza y necesidad mezquino. Y, por ello, esencialmente real.
Su adiós llega de la mano de la oferta multimillonaria de David Ellison, hijo de Larry Ellison, a su vez íntimo amigo del actual presidente de Estados Unidos. Este hombre, que está apunto de reescribir la historia de todo el cine en Estados Unidos, era hace apenas medio año el propietario de una pequeña productora de cine llamada Skydance (suyos fueron los éxitos palomiteros de Misión Imposible o Top Gun) con algún pinito él mismo como actor (malo, por cierto). El pasado verano, 8.000 millones de dólares mediante, se hacía con Paramount y ahora, con la compra de Warner Bros tras hacer trizas la oferta de Netflix, se hace cargo de directamente la mayor productora audiovisual del mundo y líder global del entretenimiento. A sus pies, dos leyendas del Hollywood milenario, canales de noticias como CBS y CNN (odiados por, otra vez, el mismísimo presidente Trump) y, atentos, la plataforma HBO Max. La gloria y los pobres de espíritu.
No deja de ser curioso, o solo preocupante, que el magnate de ambición desmedida y credo muy conservador, se apropie de éste y no de otro estudio. Las propuestas tanto de Ryan Coogler como de Paul Thomas Anderson y también, aunque en menor medida, la de Zach Cregger son en su esencia, cada una a su modo, una declaración de fe (y también de amor) en la sala oscura, en la concepción del cine como experiencia total para la inmersión en un mundo diferente, transformador y único. Suena poético y, en verdad, ni el sonido ni la música ni la imagen en formato IMAX de los vampiros ‘bluseros’ de Coogler ni las persecuciones en cambio de rasante de Thomas ni la profundidad de la noche del terror según Cregger admiten otro formato que no sea la sala de cine. A nadie se le escapa que la primera preocupación de Ellison es el streaming. Pero no solo eso. Es cuanto menos paradójico de la misma manera que las tres películas citadas son esencialmente políticas y, cada una a su modo, esencialmente antitrumpistas. Y por añadidura antiellison, sea David o Larry. Tanto Los pecadores, una película antirracista, como Una batalla tras otra, una película eminentemente antixenófoba, y Weapons, una película que retrata la paranoia de la clase media americana hoy desde el género de terror, devuelven a Warner al espíritu de aquello que en los 30 le hicieron grande e identificable. Warner, recuérdese, fue el primer estudio en abordar el nazismo en Confesiones de un espía nazi (Anatole Litvak, 1939). Se diría que Warner vuelve a ser Warner cuando está a punto de convertirse en exactamente lo contrario. La pobreza de espíritu debe ser esto.
Si todo lo anterior no fuera suficiente para el espanto, la gala presentada por Conan O’Brien la madrugada del domingo no hizo más que confirmar los peores augurios. Se diría que, a la espera de lo que vendrá, todos los integrantes de ese espacio difícilmente identificable y cada vez más global llamado Hollywood se han puesto ya la venda antes de la herida. Ni siquiera los ganadores de los Oscar con sus muy políticas películas se hicieron notar en una muestra de disonancia cognitiva ciertamente anómala. La ausencia total de reivindicaciones, protestas o simplemente llamadas de auxilio —con la casi única excepción de Javier Bardem y los directores del documental ganador—, la blancura de los discursos y lo políticamente apolítico (nada es inocente) de los agradecimientos, sketches e intervenciones diversas en un mundo literalmente en llamas no hacían más que confirmar que, en efecto, Warner, el más brillante de los estudios, ha sido comprado por Paramount, el más siniestro de todos ellos. El paraíso (triste paraíso) es ya propiedad de los pobres de espíritu.
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