<p>Pillion es como en inglés se llama al asiento trasero de la moto, donde va el <i>paquete</i>, donde va el que se agarra al cuerpo del piloto para no caerse. Es decir, donde viaja el que en verdad no se dirige a ningún lado. Simplemente le llevan. Y ahora la pregunta: <strong>¿qué hay detrás de la decisión de quedarse precisamente detrás? </strong>Sobre esta mullida premisa –que, a su modo, también es declaración de intenciones–, el debutante Harry Lighton propone un juego disfrazado de metáfora en el que convergen asuntos tales como el deseo, el placer, el sexo más o menos duro, el cariño más o menos blando, el sometimiento y el cuerpo nórdicamente perfecto de Alexander Skarsgard. Decía Freud, siempre él, que la obediencia ciega y consentida (la sumisión como manifestación de una culpa subsconsciente, que no inconsciente) sería una herramienta para vencer la vergüenza de expresar los deseos sexuales más íntimos. Y es desde aquí, desde la asunción del BDSM (Bondage/Disciplina, Dominación/Sumisión y Sadismo/Masoquismo) con la naturalidad con la que otros se entregan semanalmente a la postura del misionero, <strong>desde donde el director acierta a confeccionar una historia de amor tan pura que se diría completamente extravagante.</strong> O al revés.</p>
El debutante Harry Lighton deslumbra con un romance BDSM de la mano de Alexander Skarsgard. Sin duda, una de las cintas más diferentes (que no solo originales) de la temporada: tan resplandeciente y divertida como turbia y desasosegante
Pillion es como en inglés se llama al asiento trasero de la moto, donde va el paquete, donde va el que se agarra al cuerpo del piloto para no caerse. Es decir, donde viaja el que en verdad no se dirige a ningún lado. Simplemente le llevan. Y ahora la pregunta: ¿qué hay detrás de la decisión de quedarse precisamente detrás? Sobre esta mullida premisa –que, a su modo, también es declaración de intenciones–, el debutante Harry Lighton propone un juego disfrazado de metáfora en el que convergen asuntos tales como el deseo, el placer, el sexo más o menos duro, el cariño más o menos blando, el sometimiento y el cuerpo nórdicamente perfecto de Alexander Skarsgard. Decía Freud, siempre él, que la obediencia ciega y consentida (la sumisión como manifestación de una culpa subsconsciente, que no inconsciente) sería una herramienta para vencer la vergüenza de expresar los deseos sexuales más íntimos. Y es desde aquí, desde la asunción del BDSM (Bondage/Disciplina, Dominación/Sumisión y Sadismo/Masoquismo) con la naturalidad con la que otros se entregan semanalmente a la postura del misionero, desde donde el director acierta a confeccionar una historia de amor tan pura que se diría completamente extravagante. O al revés.
Pillion cuenta la historia de un agente de tráfico (Harry Melling) de costumbres tan reconocibles, tranquilas y familiares como, admitámoslo, soporíferas. Un buen día, mientras ensaya una cita con una joven de sus mismos hábitos y condición, descubrirá justo al fondo del bar al que acabará por ser el objeto de su obsesión, de su pasión, de su liberación y hasta de su esclavitud. Es decir, verá a Alexander Skarsgard. Como diría el poeta: «Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien/ cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío». Acto seguido, el mismo día del descubrimiento, sin que medie palabra y en la parte de atrás del callejón más oscuro, nuestro héroe lamerá primero las botas de su amado y luego todo lo demás. Si alguien cree ver algún paralelismo con la política internacional, quizá hasta acierte.
Con un gusto por la ironía desnuda de artificios, Lighton compone cada escena al límite de sí misma en una calculada, milimetrada y muy sabia exhibición de todo lo escondido, de todo lo deseado, de todo lo prohibido incluso. Lo relevante no es tanto lo que se ve, como el precipicio que se abre en el momento exacto en el que las palabras empiezan a perder el pie y el léxico se antoja entre escaso y solo irrelevante. El gran hallazgo de Pillion consiste en mantenerse en el punto exacto entre mostrar y ocultar. No se subraya nada ni tampoco se tapa nada. Todo sucede con la extraña, errática y desconcertante puntualidad de los relojes averiados, pero puntualidad al fin y al cabo.
Tras el primer encuentro, uno y otro, piloto y paquete, dominante y dominado, aprenderán a encontrar su sitio cada uno a un lado de la moto. Y así, cada uno desde su lugar en el sillín hará lo posible por «normalizar» los hábitos del otro. Uno, tras raparse sus preciosos y adorados tirabuzones tan queridos por su madre y después de colocarse un candado al cuello símbolo de sometimiento, organizará una comida familiar. El otro hará partícipe a su nuevo compañero de sus modos, sus colegas y sus escapadas. Y así hasta que el fervor de la monotonía o el sopor de todas y cada una de las revoluciones por venir, tanto da, estalle en un drama desconcertante, febril, divertido y profundamente triste.
Todo, eso sí, desde el asiento de atrás, desde el asiento de atrás del cine y del placer; desde la mullida aceptación del precipicio del deseo. No se trata se descubrir lo que se desea, sino de aventurarse a pedirlo, a vivirlo, a serlo. Sin duda, la más provocativa y diferente propuesta de la temporada. Y dado lo que pasa en el mundo, hasta oportuna.
—
Dirección: Harry Lighton. Intérpretes: Alexander Skarsgård, Harry Melling, Brian Martin. Duración: 106 minutos. Nacionalidad: Reino Unido
Cultura
