<p>Me siento un poco abrumada. No sé muy bien cómo tomarme tanta atención y reconozco que me incomoda un poco que, de repente, mi opinión sobre cualquier cosa le pueda importar a alguien». Eva Victor (París, 1994) presume más de lo que ignora que de lo que sabe. «Pese a lo que pueda parecer por la película, no he estudiado ningún posgrado en la universidad», dice. «No eres el primero que me pregunta si hablo español porque mi nombre invita a pensar eso. Pero en absoluto. Me encantaría, eso sí, y no descarto ponerme a estudiarlo», añade. «¿Mis referencias sobre cine? <i>Certain Women: Vidas de mujer,</i> de Kelly Reichardt; <i>45 años</i>, de Andrew Haigh; <i>In the Mood for Love</i>, de Wong Kar-wai… En verdad, hablo de las películas que me inspiraron y tuve más presentes a la hora de rodar mi película… <strong>Pero tuve que hacer un curso acelerado de dirección con Barry Jenkins antes de arrancar. </strong>Antes de ponerme sabía muy poco». Y así.</p>
La cineasta reflexiona sobre su fulgurante carrera tras triunfar en Sundance y Cannes y sobre la necesidad de dar la vuelta a las narrativas ortodoxas sobre cómo contar el trauma
Me siento un poco abrumada. No sé muy bien cómo tomarme tanta atención y reconozco que me incomoda un poco que, de repente, mi opinión sobre cualquier cosa le pueda importar a alguien». Eva Victor (París, 1994) presume más de lo que ignora que de lo que sabe. «Pese a lo que pueda parecer por la película, no he estudiado ningún posgrado en la universidad», dice. «No eres el primero que me pregunta si hablo español porque mi nombre invita a pensar eso. Pero en absoluto. Me encantaría, eso sí, y no descarto ponerme a estudiarlo», añade. «¿Mis referencias sobre cine? Certain Women: Vidas de mujer, de Kelly Reichardt; 45 años, de Andrew Haigh; In the Mood for Love, de Wong Kar-wai… En verdad, hablo de las películas que me inspiraron y tuve más presentes a la hora de rodar mi película… Pero tuve que hacer un curso acelerado de dirección con Barry Jenkins antes de arrancar. Antes de ponerme sabía muy poco». Y así.
Se diría que Sorry, Baby, su debut a la dirección que tanto le puede y le abruma, comparte con su directora esa misma actitud alerta, incluso humilde, pero, a su vez, profundamente reveladora. Y hasta simpática en su provocación. Toda ella está construida sobre lo que apenas se ve, lo que, de algún modo, el espectador ignora. Y desde ahí acierta a construir la perfecta narración de un trauma y, a la vez, de algo más. Quizá su sanación. La propia Eva Victor da vida a una estudiante en una universidad no por fuerza célebre en cualquier lugar, apacible y pequeño del Este de Estados Unidos. A la media hora de la película, algo terrible sucede. Tras acudir a un encuentro con el profesor y director de su tesis, el mundo, su mundo, se parte en dos. La cámara se detiene en el exterior de la casa, el cielo se oscurece y todo lo que no se ve, lo que falta, se antoja de repente grave, profundo y doloroso. Lo fundamental. «Mi intención siempre fue hablar de lo que sucede en la vida cuando irrumpe la violencia. No quería mostrarlo», dice haciendo otra vez gala de lo oculto, de la parte de atrás.
«Mis problemas siguen siendo los mismos de antes. En cuanto vuelva a casa, me espera una lavadora por poner y mi gato»
La película da así la vuelta a los relatos tradicionales sobre el trauma y sus consecuencias. Al contrario que las narraciones que desde el Metoo en adelante al puesto el acento en la contundencia de la catástrofe, en la denuncia de los estragos, Sorry, Baby presenta la violación (pues eso es) como un episodio si se quiere mucho más amplio, voluble, cambiante, confuso, igual de desolador, pero mucho más complejo. No hay consuelo, pero también hay esperanza. «Lo que no he querido es reducir a la víctima a simplemente la condición de víctima. Limitar y hasta encarcelar a una persona a la condición de víctima es una manera de estigmatizarla, de ignorarla», dice en un alarde de todo lo que está dispuesta a decir sobre su propia película. Pero, y pese a todo, sigue: «En verdad, todos tenemos miedo. Y una forma de conjurarlo es pensar que nada parecido nos puede pasar a nosotros. Tengo la impresión de que es por eso por lo que muchas veces se pone tanto empeño en los detalles. Es como si se quisiera dejar claro que una cosa así le ocurre a unas personas muy concretas porque, de algún modo, estaba predestinado que así fuera. Y no. Por eso, no me gusta hablar de víctimas solamente. Prefiero hablar de personas, como cualesquiera otras, que, en un momento dado, son ellas víctimas». Pausa. «¿Que si es confesional? Prefiero decir que es personal. Lo que es cierto sin por fuerza ser mi vida. Es una ficción narrativa en la que encuentro consuelo y alegría. Nada más». Queda claro. O no del todo.
La película está estructurada en cinco capítulos, uno por cada año vivido, pero no ordenados de forma cronológica. No se trata tanto de ofrecer al espectador un puzle que montar, aunque un poco sí, como de reproducir sobre la pantalla el camino tortuoso, no siempre hacia adelante, de la protagonista. Sorry, Baby, de hecho, arranca cuatro años después de todo. La protagonista y su amiga de toda la vida (Naomi Ackie) se vuelven a ver después de tanto tiempo. Lo secreto apenas se deja ver entre bromas, recuerdos vagos y una amargura casi transparente. Y así, y de repente, la comedia surge como aparecen las carcajadas en los velatorios. «También eso, lo más banal y divertido, forma parte de la vida hasta en los momentos más trágicos», comenta la que antes de directora fuera actriz (se la pudo ver en la serie Billions) y antes todavía redactora en la página web de sátira feminista Reductress.
Lo siguiente (antes o después, no queda claro) fue enredarse a hacer vídeos cortos para Twitter con el suficiente éxito para que Barry Jenkins, el director de Moonlight, se fijara en ellos. Luego llegó la pandemia, el confinamiento y, de su mano y contra todo pronóstico, la posibilidad de dirigir. «Fue un proceso muy largo. Me pidieron un guion, lo envié, me lo revisaron, volví a mandarlo… Y luego, de repente, me dijeron si quería dirigir un par de escenas. No sabía cómo hacerlo», insiste. En verdad, el ofrecimiento tenía truco. La productora de Jenkins ya había ensayado este sistema de reclutamiento con gente como Charlotte Wells, que acabaría por dirigir Aftersun. «Hice mi aprendizaje en el set de rodaje de El brillo de la televisión, de Jane Schoenbrun», continúa sin perder en ningún momento el gesto de qué-hago-yo-aquí. Lo que siguió es de sobra conocido. Primero fue el festival de Sundance, acto seguido el de Cannes, donde se realizó esta entrevista, y finalmente todo lo demás. En todo lo demás, se incluye el encendido y entregado panegírico de Julia Roberts, que interrumpió su discurso en los Globos de Oro para celebrar el talento de Eva Victor. «Quiero creer que mi vida ha cambiado. Todo lo que me pasa es una demostración. Pero, en verdad, mis problemas siguen siendo los mismos de antes. En cuanto vuelva a casa, me espera una lavadora por poner y mi gato». Y así.
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