<p>Se enciende una videollamada de Zoom que conecta Madrid con la Córdoba de Argentina y aparece <strong>Camila Sosa Villada</strong> en verano, con gafas de sol y una blusa floreada que podría ser pijama, parte de un salto de cama o modelito para ir a la playa. La escritora argentina tiene habilidad para despistar, confundir o camuflarse. Quizá porque también es actriz o porque, como decía Bretón de la belleza, «será convulsiva o no será». Su último libro, <i><strong>La traición de mi lengua</strong></i> (Tusquets) no es una excepción. Tal vez sea su epítome.</p>
La escritora y actriz argentina reflexiona sobre el lenguaje y su relación con el erotismo y el pasado en su última novela: ‘La traición de mi lengua’: «He hecho un libro con las grietas que no habían sido rellenadas por nadie»
Se enciende una videollamada de Zoom que conecta Madrid con la Córdoba de Argentina y aparece Camila Sosa Villada en verano, con gafas de sol y una blusa floreada que podría ser pijama, parte de un salto de cama o modelito para ir a la playa. La escritora argentina tiene habilidad para despistar, confundir o camuflarse. Quizá porque también es actriz o porque, como decía Bretón de la belleza, «será convulsiva o no será». Su último libro, La traición de mi lengua (Tusquets) no es una excepción. Tal vez sea su epítome.
Primero, porque lo explica todo, brevemente, en unos párrafos introductorios. Pero estos sólo se comprenden del todo cuando la lectura del libro, quizá poemario, ya ha dejado su poso. «Que mi escritura continúe en la elipsis. Mezquinar las palabras», dice. Y también que a sus 40 años y con cuatro libros publicados ha empezado a tomar clases de gramática. Pero cabe la posibilidad de que Sosa Villada esté mintiendo.
«¿Que si digo la verdad? Aprendí diciendo mentiras y, entre ellas, hacer anclaje en alguna gran verdad, y que la gente sea la que despeje. Además, no tiene que ver sólo con la mentira, también con lo cínica que suelo ser a veces. Mi actitud, que hace abuso de los juegos de ironía, desconcierta muchísimo», responde mientras fuma y seguimos sin verle los ojos. No se quitará las gafas en toda la entrevista.
No hay una novela en La traición de mi lengua, pero en ella están todas las novelas de esta autora que, desde que empezara a publicar en España en 2019 (Las malas) no ha dejado de hacerlo, con títulos como La novia de Sandro, Soy una tonta por quererte, El viaje inútil y Tesis de una domesticación, que acaba de estrenarse como película. Muy premiada por su actividad como actriz en su país, con Las malas, Sosa Villada ganó tres premios literarios relevantes: Sor Juana Inés de la Cruz, Gerard prix de l’heroine Madame Figaro y Finestres de Narrativa.
Cuando uno entra en la traición de su lengua tiene la sensación de estar entrando en su apartamento, o quizá de mirarlo por un agujerito de la pared. Aparece una Camila niña al principio, que escucha cómo hacen el amor sus padres. A partir de ahí, desarrolla «el arte de escribir lo que no se dice». Habla de por qué no le gustan los hombres que van al baño a limpiarse inmediatamente después de tener sexo, de cómo hay que preparar el esfínter si uno va a tener coito anal o de la sexualidad en la infancia, entre otros muchos asuntos. Fuera de foco, la vida (la lengua) como una mezcla entre lo que se hereda y lo que se consigue crear.
«Hay que dejar que los niños tengan su sexualidad solos. La idea de que tienen que ser puros y castos no ayuda»
«Se puede leer como un libro procaz, por la cantidad de reflexiones alrededor de la vergüenza de una sociedad cristiana como la nuestra, pero La traición de mi lengua es, sobre todo, un libro para pasarla bien. Yo lo que recuerdo es juntarnos con la editora Paula Lucantis a tomar vino, una frente a la otra, con las computadoras, y ella me decía: ‘Léelo en voz alta’. Entonces yo leía en voz alta y ella decía: ‘¿Qué sobra?’. Luego nos íbamos a comer, volvíamos, tomábamos Chardonnay y quesitos… Fue una experiencia muy placentera».
Aunque ya en La vida inútil la autora pone como protagonista su infancia y la escritura en sí misma, en La traición de mi lengua persiste en ello pero con un estilo distinto, mezclando géneros y, presuntamente, confesándose sobre los avatares de su propia vida. «La identidad es una cárcel», dice. Y también: «Si yo renunciara a la palabra travesti…». Mientras tanto se hace preguntas y se responde a sí misma, como cuando menciona que todo y todos somos ya un producto vendible, en esta nuestra nueva feria de las vanidades.
Hay frases cortas, repeticiones y, por supuesto, elipsis, la gran herramienta de la autora. «Es como saber cocinar, entendés, que no tiene que ver con ser cocinero sino saber cocinar, preguntarte: ¿qué puedo hacer con esto? Saber que determinada cantidad de tal ingrediente puede amargar la comida, o la puede ensalzar». En La traición de mi lengua lo explica así: «¿Decir quién soy? Decir que soy la nada. O un río. O un hechizo que fue conjurado en mi cuna».
También hay mucho sexo, a veces muy crudo, aunque poético al mismo tiempo. Alfredo Di Stefano decía que se juega como se es y Sosa Villada cree que «se escribe como se desea». «Este libro está hecho de grietas que no han sido todavía rellenadas por nadie», continúa. Y se explica: «Para mí es súper importante hablar de lo que me sucedía a mí cuando era chica, cuando escuchaba a mis padres coger, cuando me calentaba con un cuerpo, una sexualidad o una manera de hablar. Quise llenar páginas, renglón por renglón, de cuestiones que me llaman mucho la atención, además de cómo se vinculan los hombres con las travestis».
Empezando por el abuso infantil, que califica de recurrente en la zona donde creció, pero también de la falta de aceptación de la pulsión en la infancia. «Hay que dejar que los niños tengan su sexualidad solos. Prohibir de golpe pensando que estamos protegiendo no ayuda. La idea de que los niños tienen que ser puros y castos tampoco. Tienen una vida mucho más interesante que la de los adultos, por lo general», opina.
Sosa Villada también guardaba los secretos que pasaban en casa, los amantes de su padre o de su madre, «los golpes que ocurrían de noche y la violencia que traía el alcohol», confiesa en la llamada de Zoom en la que no deja ver sus ojos. Un libro y una prosa poética para mirar al pasado y surgir, como decía Artaud, «como un triángulo en llamas».
«Me escribo», admite en las páginas de La traición de mi lengua. «Es mi derecho escribirme y no saber», aunque implique traicionar su intimidad, la intimidad de su familia, de sus amores. «La intimidad de los secretos que exigen silencio, de la justicia humana del silencio».
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