<p>En demasiadas ocasiones, se confunde la intensidad con el lamento; el gesto desgarrador con el manifiesto ético. De Luis Cernuda, por ejemplo, se habla de una poesía a la intemperie por su resistencia a simplemente la queja. El poeta sevillano no se lamenta en sus versos para llamar la atención ni simplemente ser escuchado, sino para mantenerse en pie, para sostener la verdad frente a lo atroz y frente al ruido. Algo hay de eso en el cine de Kleber Mendonça Filho en general y en <i>El agente secreto</i> muy en particular. <strong>El director brasileño busca en el gesto cierto, en el héroe anónimo, en la voz callada, la razón y el sentido de un lamento silencioso que no quiere ser solo protesta, grito o llamada de atención, sino gesto profundamente moral contra, en efecto, la mentira, la crueldad, lo terrible.</strong></p>
El director brasileño Kleber Mendonça Filho acierta con un retrato conmovedor, vibrante, salvaje, anárquico y profundamente ético de un tiempo esencialmente oscuro
En demasiadas ocasiones, se confunde la intensidad con el lamento; el gesto desgarrador con el manifiesto ético. De Luis Cernuda, por ejemplo, se habla de una poesía a la intemperie por su resistencia a simplemente la queja. El poeta sevillano no se lamenta en sus versos para llamar la atención ni simplemente ser escuchado, sino para mantenerse en pie, para sostener la verdad frente a lo atroz y frente al ruido. Algo hay de eso en el cine de Kleber Mendonça Filho en general y en El agente secreto muy en particular. El director brasileño busca en el gesto cierto, en el héroe anónimo, en la voz callada, la razón y el sentido de un lamento silencioso que no quiere ser solo protesta, grito o llamada de atención, sino gesto profundamente moral contra, en efecto, la mentira, la crueldad, lo terrible.
El agente secreto es sobre el papel una película de espías que guarda dentro una de terror de serie B con tiburones o piernas amputadas asesinas. Tal cual. Es eso y el drama de un hombre solo que busca a su hijo y se encuentra quién sabe si con una muerte segura. Es eso y el relato de una ciudad acosada por un silencio culpable; un silencio que se filtra por las paredes, embota los sentidos y arruina la más mínima posibilidad de esperanza. Es eso y la perfecta y emocionante descripción del último refugio para la dignidad frente a la desesperanza. No es que no importe el relato (el que se lee en los argumentos), sino que éste crece de manera tan libre como anárquica hasta convertirse en algo mucho más profundo y con sentido: lamento sí, pero a la intemperie. Su queja no existe para llamar la atención, sino para sostener la verdad frente al ruido, frente al fascismo. Sí, de él se trata de nuevo. Da lo mismo la época, siempre está ahí, no envejece.
Wagner Moura interpreta a un hombre de pasado oscuro, quizá solo pavoroso. Una periodista investiga desde el presente lo que pasó años atrás convertida ella en una especie de narrador poco fiable. El espectador es invitado a deducir que lo que se cuenta es la historia de un agente encubierto en el Brasil de los años 70, cuando una brutal dictadura (como todas) regía la vida y el miedo de todos. El protagonista intenta escapar de lo que fue, deja São Paulo y se traslada a Recife en busca de probablemente algo tan elemental como su supervivencia. Busca eso y a su hijo que quedó con los abuelos. Sin embargo, pronto descubre que la ciudad, en plena celebración de un Carnaval que no acaba entre el sudor y la sangre, está muy lejos de ser un refugio seguro. Y así hasta que un buen día se descubre a la intemperie.
El director, como ya es regla en su cine siempre tan pendiente y comprometido con el lenguaje del propio cine, propone jugar con los géneros y se enreda de nuevo con los enigmas de la memoria. El que en Doña Clara proponía un drama realista social sobre las huellas existenciales que dejan los edificios en una ciudad; en Bacurau, un western apocalíptico a vueltas con un futuro demasiado cercano de expolio y pillaje, y en Retratos fantasmas, un documental esencialmente hermoso sobre la nostalgia por el pasado pero mirando al futuro, quiere ahora contar lo que pasó en el periodo más oscuro de la historia de Brasil, pero de verdad. Y eso, más allá de las cifras de desaparecidos y torturados, más allá de las vidas truncadas y los sueños pulverizados, más allá de nada, tiene que ver con el dolor y con una sensación desesperada tan cerca del simple vacío. Y ahí, exactamente ahí, es donde se detiene la cámara. Tan brillante como, en efecto, desolador.
El año pasado vimos Aún estoy aquí, de Walter Salles, que de manera tan fiel como rigurosa relataba la vida de un hombre asesinado desde los ojos de su mujer. La película poseía esa buena intención que siempre asiste al cine que denuncia. Ahora, dos pasos más allá, y, sobre todo, mil pasos más adentro, se vuelve al mismo escenario, pero no tanto para desvelar un enigma como para describir de manera tan angustiosa como certera la condición de posibilidad de esa desaparición que nos contaba Salles y todas las demás.
El agente secreto se filtra directamente por las retinas hasta hacer que el alma misma sude. No es solo denuncia, es rigor moral. Es una película sobre la dictadura de Brasil, pero en verdad lo es sobre cualquiera de ellas en cualquier momento. Todas queman igual y ahí está el soberbio último trabajo de Kleber Mendonça para tomarle la temperatura a la atrocidad de lo que pasó y, también, a la responsabilidad moral del mismo cine. La sensación del cine, del cine a la intemperie.
—
Dirección: Kleber Mendonça Filho. Intérpretes: Wagner Moura, Gabriel Leone, Udo Kier. Duración: 158 minutos. Nacionalidad: Brasil.
Cultura
