<p>Los ojos que me miraban en ese momento eran soñadores, sensuales, curiosos, sugerentes. Sí, <strong>Lea Thompson tenía una mirada condenadamente hipnótica</strong>. En ese <i>boudoir</i> sumido en la penumbra, sentí que aquella mirada me envolvía, igual que sus manos, que también me envolvían, buscando y encontrando cosas que asir. Su voz, un susurro como de papel de seda, tenía su propia y seductora musicalidad.</p>
Adelanto exclusivo del primer capítulo de Future Boy, las memorias de Michael J. Fox que relatan la historia detrás de cámaras de una de las películas más famosas y queridas de la historia del cine
Los ojos que me miraban en ese momento eran soñadores, sensuales, curiosos, sugerentes. Sí, Lea Thompson tenía una mirada condenadamente hipnótica. En ese boudoir sumido en la penumbra, sentí que aquella mirada me envolvía, igual que sus manos, que también me envolvían, buscando y encontrando cosas que asir. Su voz, un susurro como de papel de seda, tenía su propia y seductora musicalidad.
¿Cómo habíamos llegado hasta allí? Bueno, a Marty lo había atropellado un coche y, acto seguido, se había despertado en ese dormitorio, atendido por una chica que le resultaba inquietantemente familiar. La situación era incómoda (al menos, así figuraba en el guion). Pero la magia trascendía lo escrito en esas páginas. Encajaba. Lea y yo teníamos lo que en el argot actoral se llama «química».
No teníamos manera de saber que nos veríamos arrastrados por esa conexión tan orgánica como irresistible. De hecho, Lea reconocería más adelante que no esperaba gran cosa de mí. Yo había aterrizado en su película a mitad de rodaje, sustituyendo a un protagonista con quien compartía historia, tanto profesional como personal. Desde su punto de vista, a su antiguo compañero de reparto lo habían despedido de manera súbita e inexplicable tras unas cuantas semanas de rodaje, y el desconocido que lo reemplazaba no era más que un pobre actor de sitcoms, esas comedias de situación típicas de la tele. Pero aquellos ojos no mentían. Algo especial estaba sucediendo. Aquello era material del bueno.
[…]
Conocí a Lea Thompson diez minutos antes de rodar esta escena. Lea se describe acertadamente a sí misma como «enfadada» cuando nos saludamos por primera vez. Ella y Eric Stoltz, el actor contratado originalmente para hacer de Marty, habían coprotagonizado una película anterior, Jóvenes alocados, y se habían hecho amigos, de manera que sentía que debía serle leal y defender su lugar en la película. Además, estaba resentida por cómo lo habían despedido después de seis semanas de rodaje. Yo recibí de rebote todos esos sentimientos, y Lea pasó de echar de menos a Eric a tener que adaptarse a un enfoque completamente nuevo del protagonista, lo cual también cambiaba la dinámica entre los personajes de Lorraine y Marty.
Yo, por mi parte, estaba en modo supervivencia. Llevaba apenas unos días en el trabajo y no me podía permitir el lujo de tener demasiado en cuenta los puntos de vista y la perspectiva de los demás. Ya tenía suficiente con preocuparme de la mía. También existía la posibilidad de que me desmoronara por puro agotamiento, o por un exceso de ansiedad y adrenalina. Sencillamente, bastante tenía con sobrevivir a cada día de rodaje (o noche, porque ambos no tardaron en confundirse más y más).
Me vi arrojado a esa película prácticamente sin preparación, así que me puse a funcionar por instinto, elegí un rumbo y me comprometí con él, siguiendo esa filosofía que promueven los programas de superación de adicciones: «Actúa como si». Si no tienes del todo claro cómo alcanzar tu objetivo o cómo lograr lo que persigues (sobriedad, claridad, honestidad), simplemente «actúa como si» lo supieras. Cuando te lo crees de verdad es cuando tienes la oportunidad de avanzar. Pero si te da miedo abrir esa puerta, nunca llegará a suceder. Esa es la química creativa de la interpretación y por eso me encanta trabajar con otros actores. Todo se vuelve posible.
Tras las primeras tomas, me sentí lo bastante cómodo como para arriesgar un par de sugerencias, que nuestro director, Robert Zemeckis, acogió al principio con cautela y luego, con entusiasmo. Se me ocurrió que Lorraine podía arrancar otra carcajada a esa escena cambiando una frase de su diálogo, y le propuse el chiste a Bob antes de compartirlo con ella. Cuando Marty, que está muy nervioso, se da cuenta de que solo lleva puestos sus calzoncillos Calvin Klein, le pregunta a Lorraine: «¿Dónde están mis pantalones?». En vez de la versión original, «en la silla», en la siguiente toma probamos la frase que se me había ocurrido. Lea la dijo perfectamente: «Allí… con mi ajuar».
Este era el tipo de improvisación aleatoria que se me ocurría cada día durante los ensayos de Enredos de familia. Hacer una sitcom es como ir a un campamento de instrucción de comedia. Sin embargo, yo era el chico nuevo allí, y no estaba seguro de cómo sentarían mis ocurrencias no solicitadas. Los miembros del equipo de Regreso al futuro contuvieron sus reacciones hasta que Bob dijo: «¡Corten!», y entonces me sorprendieron con una ronda de carcajadas tan sinceras como entusiasmadas. Lea me lanzó una sonrisa, seguida de un tímido guiño, y yo le respondí con otro.
Sabía que estábamos en la misma onda.
Y hasta el momento todo era surrealista.
Clavé la vista en aquella mirada de alcoba y pensé: «Esta chica es muy buena». Esperaba que ella, al mirarme a los ojos, estuviera pensando: «Este tío de la sitcom no está tan mal, después de todo». Lea empezó a caerme bien, y eso que era yo el que se caía de verdad en esa escena. En fin, pese a su reacción inicial, estaba claro que yo también había empezado a ser de su agrado. De un modo u otro, era una escena con muchas caídas.
Esta primera escena terminaba cuando la madre de Lorraine la llamaba desde el piso de abajo. Lorraine entraba en pánico y me lanzaba los pantalones con un movimiento brusco, clavándomelos en el esternón. «¡Rápido, vuelve a ponerte los pantalones!». Según el guion, yo recogía los pantalones, me caía de la cama mientras intentaba ponérmelos y desaparecía del encuadre. Aunque no estaba en el guion, decidí añadir un poco de improvisación a la escena. Me incorporé de un brinco desde el suelo, con una pierna dentro de una pernera, y, al intentar meter el pie en la otra, fingí caerme y darme un batacazo en plan árbol talado, todo yo bien tieso. El resultado fue que salí del encuadre con un golpe sordo y un buen efecto cómico.
De nuevo, el equipo esperó al corte antes de reírse. Bob apenas podía reprimir su propia risita. «Vale, hagámoslo otra vez», dijo. «Pero por lo que más queráis, que alguien le ponga un cojín en el suelo a este tío.»
Yo estaba bastante acostumbrado a esos ritmos cómicos. Para mí, cuando se trataba de buscar comicidad, mi cuerpo no era mi templo, era un recurso que saquear y expoliar. Lea se fijó y, más adelante, me dijo: «Me encantó la manera en que te tropezaste con los pantalones y te caíste de la cama; cómo se te quebraba la voz y la precisión física que poseías. Vi enseguida que tenías una habilidad increíble, y eso me impresionó muchísimo». Yo sentía lo mismo por el talento de Lea. Me parecía inteligente y discreta, y percibí que estábamos desarrollando un vínculo, al margen de cómo habíamos llegado hasta allí. Pero lo importante era adónde íbamos. Después de eso, conectamos bastante rápido. Según Lea, «hicimos clic».
A las dos y media de la madrugada por fin se dio por terminado el día/noche de rodaje, y un chófer del equipo me dobló cuidadosamente y me depositó en el asiento trasero de un coche del estudio para dejarme en casa. Mientras me quedaba dormido, se me metió en la cabeza una canción de Herman’s Hermits, una vieja melodía de donde yo vengo: «Something tells me I’m into something good»… («Algo me dice que estoy metido en algo bueno»).
Editado en España por Libros Cúpula. 208 páginas. En librerías, desde el miércoles, 21 de enero.
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