<p>La música, nos dice Schopenhauer, no habla de las cosas, sino del bienestar y de la aflicción en estado puro, y por eso se dirige al corazón, pues no tiene mucho que decirle directamente a la cabeza. En el ideario del pensador, estaríamos ante la manifestación directa de la Voluntad (con la V alta) cuando hablamos de la música como el arte supremo que es. El filósofo gruñón no se refería, claro está, al cancionero popular bávaro, ni siquiera tenía en mente la discografía de Neil Diamond por anticipado, pero como intuición o acercamiento a lo que pretende Craig Brewer en su arrebatada y, por momentos, arrebatadora <i>Song Sung Blue</i> nos vale. P<strong>ues básicamente, lo que consigue esta película es mantenernos en vilo no tanto pendiente de la emoción que destila un repertorio de viejas canciones como atenta a la crónica accidentada de un amor tan surreal, trágico, cómico y disparatado</strong> (todo a la vez) que no admite otro relato que la simple música. No importan las cosas que pasan sino las no-cosas, indefinibles por definición, que se sienten, se bailan o se cantan. </p>
Kate Hudson y Hugh Jackman componen una laberíntica historia de amor y redención tan encantadora y tarareable como esencialmente triste
La música, nos dice Schopenhauer, no habla de las cosas, sino del bienestar y de la aflicción en estado puro, y por eso se dirige al corazón, pues no tiene mucho que decirle directamente a la cabeza. En el ideario del pensador, estaríamos ante la manifestación directa de la Voluntad (con la V alta) cuando hablamos de la música como el arte supremo que es. El filósofo gruñón no se refería, claro está, al cancionero popular bávaro, ni siquiera tenía en mente la discografía de Neil Diamond por anticipado, pero como intuición o acercamiento a lo que pretende Craig Brewer en su arrebatada y, por momentos, arrebatadora Song Sung Blue nos vale. Pues básicamente, lo que consigue esta película es mantenernos en vilo no tanto pendiente de la emoción que destila un repertorio de viejas canciones como atenta a la crónica accidentada de un amor tan surreal, trágico, cómico y disparatado (todo a la vez) que no admite otro relato que la simple música. No importan las cosas que pasan sino las no-cosas, indefinibles por definición, que se sienten, se bailan o se cantan.
Craig Bewer, responsable de la última resurrección de Eddie Murphy entre otros erráticos y dudosos logros, utiliza una historia real para adentrarse en la más increíble y hasta irreal de las historias de amor. Se cuenta el deambular por la pasión de una pareja empeñada no tanto en rendir homenaje al Neil Diamond de Sweet Caroline y de la canción que da título a la película como directamente en revivir al propio músico en vida. Es decir, en ofrecer un duplicado entusiasta tanto del artista de Nueva York como de su mito. El matiz es importante. No es tanto una clonación, aunque algo de eso tiene, como el descabellado intento de ir más allá, de mejorar la propia clonación. Como señala una y otra vez el personaje de Hugh Jackman, él no quiere hacer una banda tributo simplemente, sino alcanzar el prodigio de ser Neil Diamond de forma mucho más plena y lograda que el propio Neil Diamond. Ser el Neil Diamond perfecto y sin mácula que vive en la imaginación y mitología de sus fans, éste es su propósito. El problema es que entre este muy loable, ideal y hasta schopenhauriano empeño y su consecución media algo tan sucio e impredecible como la realidad. Y ahí es donde empiezan los problemas.
De la mano de unas interpretaciones muy cerca de lo memorable a cargo de dos actores tan cantarines como Hudson y Jackman, Song Sung Blue pasea por la pantalla como lo haría un musical, pero a su muy particular manera. El principio rector del género musical consiste en suspender el principio de verosimilitud y, ante los ojos sorprendidos del espectador, inventar un mundo nuevo y, sin duda, mejor. Ahora la música forma parte del argumento. Es drama. Lo notable es que entre actuación y actuación, entre canción y canción, es la propia realidad la que se descompone por sencillamente inasumible, por increíble, por disparatada, por, en efecto, inverosímil. Pero recuérdese, todo son hechos reales. Es decir, aquello de que rara vez la ficción supera la realidad vive ahora y en la propuesta de Bewer, Jackman y Hudson su más evidente confirmación. Y así hasta un éxtasis final tan inolvidable como triste. Muy triste. La música, nos recuerda Schopenhauer, es cosa del corazón. Pues eso. Nunca conviene discutir con un filósofo alemán, aunque no sepa nada de Neil Diamond.
Eso sí, en el empeño de respetar la integridad de las canciones, ahí de ti si no te gusta Diamond.
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Director: Craig Brewer. Intérpretes: Kate Hudson, Hugh Jackman, Michael Imperioli. Duración: 131 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
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