<p>«Léon, redis-moi tes mensonges, tu mens si bien» [Léon, cuéntame otra vez tus mentiras, mientes tan bien]. Los legionarios valones que combatieron con el III Reich en la II Guerra Mundial cantaban esos versos durante sus marchas para <strong>Léon Degrelle</strong>, su embaucador. Su compañero de armas, jefe político, amigo de todos y vampírico líder… Degrelle envió al horror y a la muerte de la Campaña Barbarroja a cientos de belgas francófonos y llevó a su partido, una escisión del Parti Catholique, desde la derecha populista hasta las esvásticas y los crímenes de traición a la patria. Y todo eso, por una mezcla de bravuconada y de ambición personal, los dos motores de la extraña vida de Degrelle.</p>
El más odiado colaboracionista del Reich vivió 49 años en España pese a jactarse de su labor al servicio de Hitler. Una biografía arroja luz sobre su figura
«Léon, redis-moi tes mensonges, tu mens si bien» [Léon, cuéntame otra vez tus mentiras, mientes tan bien]. Los legionarios valones que combatieron con el III Reich en la II Guerra Mundial cantaban esos versos durante sus marchas para Léon Degrelle, su embaucador. Su compañero de armas, jefe político, amigo de todos y vampírico líder… Degrelle envió al horror y a la muerte de la Campaña Barbarroja a cientos de belgas francófonos y llevó a su partido, una escisión del Parti Catholique, desde la derecha populista hasta las esvásticas y los crímenes de traición a la patria. Y todo eso, por una mezcla de bravuconada y de ambición personal, los dos motores de la extraña vida de Degrelle.
Léon Degrelle. Del catolicismo político al nazismo (editorial Pinolia) es el título de la primera biografía del político belga escrita y disponible en español pero ajena a su propaganda que él mismo fundó y que ha perseverado durante décadas, según cuenta Pablo Cuevas, el autor de la misma. Degrelle fue el colaboracionista predilecto del Reich a partir de la derrota de Stalingrado, el único de ellos que desfiló como un césar por la capital de su país y el que con más suerte y descaro sobrevivió a la desnazificación de Europa. Ocurrió en España, el país que le dio un Documento Nacional de Identidad y en el que pasó 49 años de su vida. Pero Degrelle no fue un semidiós fascista: fue, según su biografía, un político chapucero, un impostor crónico y un oportunista. «También fue un hombre con muchísima habilidad social. Hay momentos en los que es fácil sentir simpatía por él». Al leer su biografía, hay momentos en los que Degrelle parece un pícaro con gracia que, en vez de hacer pequeñas estafas, termina con un uniforme de las SS por una serie de trágicas circunstancias. Otras veces, parece un verdadero nazi, un fanático y un asesino. «¿La realidad? Creo que fue las dos cosas a la vez», dice Pablo Cuevas.
¿Qué debemos saber de la familia y la educación de Degrelle que sea relevante para su carrera pública? «Lo primero es que son una educación y una formación y una familia muy católicas. Católicas en un sentido que no entendemos bien en España, porque su catolicismo es de frontera. Son los católicos que están en confrontación con el mundo que los rodea, en su caso, con los protestantes de los Países Bajos», explica Cuevas. «Tíos jesuitas, hermana monja, misa diaria, militancia en el Partido Conservador de toda la vida… El otro dato que hay que destacar es que Degrelle no venía de una clase media un poco adinerada, como contó él después. Su padre tenía una fábrica cervecera y era senador y la casa familiar era un palacete. Hay alguna foto de esa casa, cualquier chalet de Puerta de Hierro parece una chabola a su lado».
Degrelle tuvo alguna vocación literaria adolescente pero no perseveró. Entró en la universidad, dio vueltas de una facultad a otra y no acabó nada pero salió de allí diciendo que era doctor en leyes. Se casó con una mujer rica, aún más rica que él, e hizo carrera como periodista, al principio en la prensa católica de Bruselas y después como editor de publicaciones activistas de derechas antielitistas y patrióticas. «En realidad, Degrelle nunca fue periodista. Fue propagandista, en todo caso, propagandista de sí mismo. Y se tomó su trabajo en los periódicos como una manera de empezar su carrera como político».
La carrera política de Degrelle nació entonces ante el espejo de Mussolini, no ante el de Hitler, porque Mussolini era latino como él y más o menos compatible con el catolicismo que estaba en su identidad. El entramado societario de la iglesia belga financió las editoriales de Degrelle como el que ayuda a un hijo díscolo y con tendencia a los tumultos. De la prensa, Degrelle pasó al emprendimiento político. Creó su propio partido, Rex, y lanzó un furibundo mensaje contra las élites políticas y financieras de Bélgica, deprimida tras la crisis de 1928. En las elecciones de 1936 tuvo éxito y se convirtió en el partido que expresó el gran descontento. Pero su momento fue efímero.
Al leer la biografía de Pablo Cuevas, la impresión es que a Degrelle le salió todo mal entre 1936 y 1940. Sus socios lo abandonaban, sus revistas duraban poco, las masas que iban a sumarse a Rex no llegaban nunca, el Rey de Bélgica le daba plantones y los nazis eran indiferentes a sus coqueteos. «Y todos los fracasos los vendió como éxitos», cuenta su biógrafo. Según Cuevas, la carrera de Degrelle y Rex perdió su raíl por dos razones: una, porque a la iglesia católica dejó de hacerle gracia su papel de populista de derechas y dos, porque Degrelle era un político ocurrente y carismático pero también impulsivo y errático y funcionaba a base de apuestas a doble o nada que a menudo, le salían mal.
Y así, el 1 de enero de 1941, Degrelle hizo el órdago de todos los órdagos. Dio un mitin, se rodeó de esvásticas, gritó Sieg Heil e hizo lo impensable: presentarse como el amigo de los odiados alemanes, los invasores de Bélgica en 1914. ¿Era un verdadero nazi Degrelle? Su antisemitismo era muy leve y su predilección por Alemania, una impostura evidente. Degrelle nunca habló una palabra de alemán. El laicismo radical de los nazis iba contra su cultura y los belgas no necesitaban a un político hitleriano en vísperas de una nueva ocupación, pero algo tenía que hacer Degrelle con su carrera a la baja.
Dionisio Ridruejo y una delegación de Falange visitaron la Bélgica ya nazificada. A Ridruejo le pareció que el servilismo de Degrelle con los nazis era un poco patético. «Los alemanes, en realidad, despreciaron a todos sus colaboracionistas porque no los necesitaban. Hasta que rompieron su pacto con la URSS, lanzaron su frente del Este y entonces sí los necesitaron». Degrelle se fue a la guerra con sus fieles y una bandera belga sobre el uniforme alemán, aunque la palabra Bélgica nunca apareció en el nombre de su división. Marchó como un voluntario más porque no tenía formación militar, y tuvo un ataque de pánico y recibió una condecoración un poco regalada. Después, poco a poco, aprendió a comportarse en el frente y, al final, cuando sus tropas ayudaron a salvar los muebles de la Wehrmacht en la huida de Stalingrado y el antiguo charlatán se convirtió en un héroe del mal y en un personaje siniestro. En 1944, la Resistencia asesinó a su hermano Édouard y los alemanes detuvieron a 36 vecinos en represalia y anunciaron que los fusilarían. Degrelle revisó sus nombres y añadió tres más.
La huida de Degrelle a España en agosto de 1945 ya está narrada: absurda, desesperada y teatral. Su avión amerizó por las malas sobre las aguas de la Bahía de la Concha, Degrelle ingresó en un hospital de San Sebastián, el Conde de Gayalde se lo llevó escondido en un coche y España se lo tragó frente a Europa que le reclamaba la cabeza. Se suponía que nadie sabía dónde estaba Degrelle, se suponía que estaba en Marruecos o en Uruguay o quién sabe dónde, pero él hacía apariciones estelares: casaba a sus hijas en el Ritz de Madrid; se hacía un palacio en Constantina, Sevilla, donde recibía a Alain Delon; hacía chalets para los americanos de Rota; se hacía trajes blancos de oficial de las SS; jugaba a crear una jet set neofascista… ¿Cómo es posible que Degrelle, tan jactancioso, no cayera? ¿Que se muriera de viejo en España sin más quebrantos que un juicio perdido en cuarta instancia? «Él contaba que le intentaron secuestrar muchas veces. Yo dudo mucho de eso. Alguna vez lo escondieron sus amigos franquistas, pero no era para protegerlo de sus enemigos sino para que no metiera la pata en un momento delicado para el régimen ante Europa. Israel no tenía mucho interés en Degrelle y Bélgica… Bélgica reclamaba la extradición de Degrelle, pero, en el fondo, ningún Gobierno belga habría sabido qué hacer con él. Bélgica atravesó una crisis muy grave con la rehabilitación del rey Leopoldo III».
¿Y España? España entregó al colaboracionista Pierre Laval a Francia para que lo fusilaran, pero Francia no dio ni un paso para la rehabilitación de España ante Europa. No le dio ni las gracias al Gobierno de Madrid, así que Franco perdió los incentivos para entregar a sus nazis a Europa y prefirió esperar a otro momento en el que esas cartas tuvieran más valor. Y así se salvó Degrelle.
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